Caen monedas de oro de un bandoneón.
Pasa la estrella tanguera de nuestro cielo.
Una melodía luminosa enlaza al planeta
y anuda de promesas la madrugada.
Abre un vacío de abandono
y lo vuelca en una fuente
de milagros de amores.
Caminamos sobre ese hilo,
sobre esa cuerda de violín
que desafía al abrazo
a escalar los labios
y nadar entre cabellos.
Se insinúa una imagen encendida de erotismo
que compra el corazón,
que es superficie de bronce
en suculenta tinta roja y negra.
Y el ojo clavado y prendido
entre el mandato de taco y lazo
de las dulces cascadas de armonías,
se abre para el sueño
del juego de flechas que van
a cruzar amores y amarguras.
Llegará la mañana,
clara y luminosa,
cálida y satisfecha,
y el sueño se despedirá
con un abrazo al desnudo,
un enlace a la próxima noche
en la que el juego se repetirá,
pero no será como siempre.

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