Me pregunté dónde queda el paraíso
y, en seguida, unas luces
florecieron en mi mente.
Eran rayos de sol tenue
bañando los cuartos de una casa,
y voces cantando valses
viniendo de la vereda.
Pero recelo su lejanía
de mi merecimiento.
Tendré que gastar las manos,
sumergirme en aguas heladas,
desafiar fuegos del alma,
para ser, por fin,
inmortal.
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